Hoy contemplamos la pasión y muerte del Señor. El amor hecho servicio al lavar los pies a los discípulos se entrega ahora por todos en la cruz. Y lo hace libremente, para decirnos que hemos sido reconciliados y salvados por un amor sin límites.

Jesús Crucificado cargó sobre sí nuestros dolores y dramas, sufrimientos, angustias y esperanzas. Desde entonces, nadie puede sentirse abandonado y solo.

«Tengamos por seguro que Dios nos concederá la gracia de cargar serenamente nuestra cruz, de seguir de cerca a Jesucristo y vivir de su vida en el tiempo y en la eternidad» (San Vicente de Paúl).

Con su muerte, Cristo descendió a nuestras soledades, disipó nuestras tinieblas, ahuyentó nuestros miedos.

En este Viernes Santo, nos ponemos a los pies de su cruz, con María, su madre, y con aquellos que se mantuvieron fieles a Él hasta el fin.

Al verlo crucificado, nos damos cuenta de lo mucho que hemos recibido y de todo lo que podemos hacer para corresponder a un amor tan grande.

Que sepamos ponernos al lado de los crucificados de la vida, con la solidaridad del Cirineo, con la compasión de las discípulas, con la serena fortaleza de la Madre.