Un gran silencio envuelve la Tierra. Al entrar en las sombras de la muerte, el Hijo de Dios descendió al abismo más profundo de la existencia. A aquellos que decidieron seguir a Jesús de Nazaret, su muerte en cruz les parecía el trágico final de la vida, de la esperanza y del amor: ¡un inaceptable fracaso!; el triunfo del pecado y del mal que condujeron al absurdo de la muerte a quien sólo había hecho el bien. Pero éste no podía ser el fin de quien el Padre habría enviado al mundo para derrotar toda negatividad del corazón humano y del mundo y establecer su reino de Amor. En la noche santa de hoy, la luz disipará la oscuridad, la alabanza romperá el silencio, florecerán la belleza y la bondad, la vida despuntará en todo su esplendor. Al resucitar, Cristo nos abrió el camino del amor eterno, de la paz que no pasa, de la esperanza que no decepciona, de la victoria final. Ya no habrá noche, porque Cristo es Luz. «Vivid de una vida toda nueva y toda divina en Jesucristo Resucitado. Pedidle esta gracia para todos nosotros, a fin de que busquemos y aspiremos sin cesar a las cosas de arriba (donde está Cristo Resucitado) y hacia allá caminemos atrayendo también a muchos otros hacia el cielo» (San Vicente de Paúl).