El miércoles de ceniza es un miércoles especial. Es el día que comienza la cuaresma.

Los cristianos en este día solemos poner un poco de ceniza sobre nuestra cabeza. Este gesto tiene un sentido simbólico y pedagógico: reconocemos que necesitamos al Señor en nuestra vida; porque sin Él no podemos nada.

En este día estamos invitados a acercarnos más al Señor. Empezamos un camino interior.

Este año, a causa de la pandemia, no podemos reunirnos para recibir la ceniza. Pero podemos hacer esta oración:

Señor, en este Miércoles de ceniza, míranos.

Queremos que seas nuestro apoyo y fortaleza.

Queremos tenerte siempre presente en nuestras vidas. Confiamos en Ti.

Que podamos construir nuestra vida sobre buenos cimientos,

sobre los valores que nos anuncia tu Hijo Jesucristo.

Amén.

Iniciamos el camino de la cuaresma. Las palabras del profeta Joel indican la dirección a seguir: “Volved a mí de todo corazón”. Es la invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: “Volved a mí de todo corazón”. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: ‘Señor, volveré́ a Ti después… Espera. Hoy no puedo, pero mañana quizá empezaré a rezar y a hacer algo por los demás’. Y así un día tras otro ¿no? Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y excusas para dar, pero ahora es tiempo de regresar a Dios.

La cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo.

Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, al primer lugar? ¿Tengo un corazón ‘bailarín’, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, que ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón de la falsedad que lo encadena?

El viaje de la cuaresma comprende cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó por el desierto para regresar a su tierra de origen. Pero, durante el camino, estaba presente la tentación de volver atrás, de atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así́: el viaje de regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar… Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones.

¿Cómo proceder entonces en el camino hacia Dios? Nos ayuda la Palabra de Dios.

Miramos al hijo pródigo y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios.

Después necesitamos volver a Jesús, hacer como aquel leproso sanado que volvió́ a darle las gracias. Diez fueron curados, pero sólo él fue también salvado, porque volvió́ a Jesús. Todos, todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió́ a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos la curación de Jesús, es necesario presentarle nuestras heridas y decirle: “Jesús, estoy aquí́ ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón, sana mi lepra”.

La Palabra de Dios nos pide volver al Padre, volver a Jesús. Además, estamos llamados a volver al Espíritu Santo. La ceniza sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen. Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvamos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas. Aquel fuego que nos enseña a amar. Volvamos a rezar al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Hermanos y hermanas: Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. Antes que nosotros vayamos hacia Él, Él descendió́ hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió́ más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte. Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino descendió́ hasta nuestro pecado y nuestra muerte.

Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y con dulzura sobre nuestro barro.

Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. La salvación es solo gracia, solo gratuidad. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad.

Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas, llagas que ha llevado al cielo y las hace ver al Padre cada día en su oración de intercesión. Miremos sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí́ vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados. Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí́, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados.