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El miércoles de Ceniza cae en 10 de febrero en este año bisiesto de 2016. Con él empieza la Cuaresma y es día de ayuno y abstinencia de carne, al igual que el Viernes Santo (el resto de viernes de Cuaresma sólo abstinencia).

Los dietistas son mucho más rigoristas que la Iglesia. Por amor al régimen y para mantener la figura, muchos, y muchas, dejan de comer y se someten a penitencias mucho más severas que el ayuno del Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Eso sí que es masoquismo.

Pero son muy pocos los que se animan a corredimir -el ayuno es, sobre todo, eso-, unirse al sacrificio redentor de Cristo. Los pormenores de la práctica del Miércoles de Ceniza los explica muy bien Infocatólica.

Pero, al menos para Occidente y el mundo oriental con posibles, el ayuno se ha convertido, además, en la clave del futuro. En otras palabras, estamos ahítos y, por tanto, vivimos en un mundo irreal, donde pensamos al modo de los aristócratas millonarios. No comprendemos por qué los pobres, cuando tienen hambre, no tocan la campanilla para que venga el servicio con bandejas de canapés.

En otras palabras, el ayuno servirá al menos para conseguir cierto autodominio, en verdad perdido. Al mismo tiempo, el ayuno nos fortalece sí, pero, sobre todo, nos devuelve a la gratitud primera: agradecidos por haber nacido. Se lo digo yo, es la clave del futuro, además del ejercicio espiritual más fructífero, para uno mismo y para los demás vía comunión de los santos.

Por lo demás, nada tiene que ver el ayuno cristiano con el masoquismo. De hecho, el cristianismo tira más bien a hedonista. No se dejan engañar por las cruces y las penitencias. Pura filfa. Al fondo, hay placer y más placer. El cristiano es un hedonista peligroso.

Eso sí, el cristiano sabe que el otro secreto de la vida consiste en no caer en el círculo vicioso de un ansia siempre creciente de un placer siempre decreciente.

Pero es que, además, el ayuno es la clave de nuestro tiempo. Primero, porque la mecánica del sistema productivo actual nos lleva directamente a la carestía, por lo que la austeridad, virtud menor, se nos ha convertido en virtud mayor e inexcusable. En segundo lugar, porque puede que ese modelo económico no sea causa, sino consecuencia, de la raíz más profunda de los tiempos de miseria que se avecinan. La causa primera es el abandono de Cristo, mientras la consecuencia es esa insatisfacción permanente, un ansia siempre creciente de un placer siempre decreciente, tras haber sustituido la alegría por la eficiencia.

¡A ayunar el Miércoles de Ceniza!

Eulogio López