Alrededor de Jesús, la noche se va haciendo cada vez más densa. La traición se insinúa, conmoviendo al Maestro y desconcertando a los discípulos. Habiendo sido amado y escogido, Judas se deja invadir por el mal, se aleja del Señor y de los hermanos y se pone a ejecutar lo que le interesa. Pedro se muestra valiente, pero poco después no resistirá a la tentación de negar a aquel por quien se decía dispuesto a dar la vida. El discípulo amado se mantiene allí, reclinado sobre el pecho del Maestro, intentando escrutar su corazón. En medio de todo esto, Jesús se reconoce glorificado por el Padre y listo para glorificarlo. Gloria de un amor que no se deja vencer por la infidelidad y la negación de los suyos. Gloria de una vida que se vuelve plena mientras se entrega. Sabemos que, aplaudidos o rechazados, nada es más necesario que «revestirnos del espíritu del Evangelio, a fin de vivir y actuar como vivió Nuestro Señor y hacer que su amor se refleje en nuestras obras» (San Vicente de Paúl).