Cerca de Jerusalén, sintiendo el peso de la persecución, Jesús de Nazaret hace una parada en Betania, donde es calurosamente acogido por sus amigos Lázaro, Marta y María.

Los amigos de Jesús no parecen temer el peligro. Aprendieron a ser libres como el Maestro, libres para amar y servir. El gesto silencioso y audaz de María, hermana de Marta y Lázaro, ungiendo a Jesús con un perfume precioso, recuerda a Jesús la unción recibida del Padre y lo conforta con el bálsamo y la fragancia de un amor sincero y puro.

Diferente es el sentimiento que mueve a Judas, en busca de sí mismo, disimuladamente orientado hacia los propios intereses.

El Hijo de Dios prosigue su marcha. La semilla lanzada no se perderá, porque jamás deja de fructificar la vida que se entrega en la libertad del amor.

Es el deseo de San Vicente para los suyos: que nos convirtamos en verdaderos amigos de Cristo. «Pido a nuestro Señor que sea la vida de vuestra vida y la única pretensión de vuestro corazón». Sólo así, seremos auténticos discípulos-misioneros.