Recordamos hoy la Última Cena de Jesús con sus discípulos, primera celebración de la Eucaristía, sacramento del amor que se hace servicio.

En aquella cena de despedida, Jesús se pone a lavar los pies de sus discípulos, revelando la sorprendente novedad de su misterio y la dinámica del amor que debe distinguir a sus seguidores: inclinarse ante los demás, ponerse a disposición de todos y de cada uno, para alcanzar la estatura del Maestro y Señor, la libertad de un amor sin medida.

Entendemos así el ministerio de los sacerdotes, inseparable de la celebración de hoy. El sacerdote no es más que un hombre que ama y sirve, que se da y perdona, un pobre que enriquece, un pecador que reconcilia, porque nada de lo que se le ha dado es para él solo. Su vida es don, es pan repartido, prolongación de la Eucaristía, porque «Cristo depositó en nosotros la semilla del amor que genera semejanza» (San Vicente de Paúl).