asfEl Padre Oscar L. Huber C.M. servía como sacerdote en la Parroquia de la Santísima Trinidad en Dallas aquél 22 de noviembre de 1963. El primer Presidente católico de los Estados Unidos, John F. Kennedy, visitaba la ciudad y habría de pasar no muy lejos de dicha iglesia.

El P. Huber, que murió en 1975, era oriundo de Perryville, MO, en donde sus padres fueron granjeros. Se unió a la Congregación de la Misión a los 40 años. Después de varios destinos llegó a Dallas para ser párroco de la Santísima Trinidad, una de las parroquias más grandes de la ciudad.

El P. Huber comía en el refectorio de la parroquia cuando un compañero oyó en la televisión que el Presidente había sido herido por disparos y llevado al Hospital Parkland, que estaba bajo la responsabilidad de la Parroquia del Santísimo Sacramento.

Enseguida recibió una llamada del hospital, un requerimiento de la Primera Dama Jackie Kennedy solicitando que un sacerdote viniese a administrar los auxilios espirituales al Presidente Kennedy. El P. Huber, junto a un compañero, fue hacia allá.

El P. Huber recordó así la escena: “El P. Thomson aparcó el coche mientras yo era escoltado por un policía a una sala de emergencias, donde encontré fatalmente herido al Presidente Kennedy, yaciendo en una camilla portable. Estaba cubierto por una sábana que retiré antes de administrarle condicionalmente los Últimos Ritos de la Iglesia Católica. Estos Ritos se administran condicionalmente cuando un sacerdote no tiene manera de saber el conocimiento de la persona, o cuando el alma ya ha abandonado el cuerpo. En latín dije: ‘Te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén’. Y mojando mi dedo en el óleo santo, hice una señal de la cruz en su frente, diciendo: ‘Que por este óleo sagrado te perdone Dios todos los pecados que hayas cometido, amén’, siguiendo a ello la bendición apostólica y las oraciones por los difuntos pidiendo el descanso de su alma. Durante la ceremonia la Señora Kennedy permanecía de pie al lado del Presidente. El silencio que inundaba el escenario era la muda evidencia de que otro Presidente de los Estados Unidos había muerto en manos de un asesino. Extendí mi más sentido pésame, y el de todos mis parroquianos, a la Señora Kennedy, quien en voz baja me dio gracias y me pidió que rezase por el Presidente, cosa que le aseguré iba a hacer”.

Durante la tarde de ese mismo día, el P. Huber cumplió su promesa a la Primera Dama y ofreció una solemne Misa de Requiem por el eterno descanso del Presidente Kennedy, al igual que haría al día siguiente: dos misas de Requiem en favor de John F. Kennedy.

“El pueblo de Dallas, junto al mundo entero, sintió profundamente la pérdida de nuestro Presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, a quien Dios dé el descanso eterno”, añadía el P. Huber.

Preparado por Javier F. Chento con información en inglés tomada del Huffinton Post.