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Anochecía en Pamplona ese viernes cuando llegamos a la casa de Paúles. La noche se fue entre los saludos a los conocidos, el breve paseo y la cena frugal. Poco antes de medianoche estábamos descansando, conscientes de lo que nos esperaba al día siguiente.
El reloj de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Urroz-Villa marcaba las ocho de la mañana cuando comenzamos nuestra marcha hacia el castillo de Javier. Por delante quedaban 38 kilómetros bajo la mirada de un sol radiante y una estampa preciosa del entorno natural del este navarro. Cabe decir que ese día nos recibió bajo cero para terminar con una temperatura primaveral digna de ser contada.
A pesar del calor y del barro, “el andar” se hizo más liviano gracias a las interesantes conversaciones que iban surgiendo, las típicas coplillas “al uso” y los juegos de carretera que pusieron al descubierto las habilidades de los caminantes.
Cuando el camino avanzaba y los pies empezaban a pedir un poco de alivio teníamos el sosiego de los que hicieron las veces de camareros (¡¡que no de camilleros!!) para que el cuerpo y la mente siguieran con ánimo hacia la explanada final. Así hicieron a la altura del pequeño pueblo de Grez (almuerzo) y a las faldas de la Reserva Natural de la Foz de Lumbier (comida).
Los últimos rayos fueron testigos de nuestra llegada a la cuna del jesuita misionero, al cual saludamos en la basílica para ir rápidamente a reponer fueras y descansar al albergue de las Misioneras de Cristo Jesús.
Con el beso del sol y la caricia de la brisa montañosa despedíamos nuestra peregrinación celebrando la eucaristía en la explanada del Castillo de Javier. Una eucaristía que terminaba con la suelta de globos con los colores de los cinco continentes, recordando el carácter misionero de la vida del santo navarrico que tuvo la valentía de adentrarse en el mundo oriental y anunciar entre sus gentes la hermosura del amor de Dios.
Sin duda, un día para recordar en el cajón de sastre de nuestra memoria vital. Una nueva experiencia propuesta por el equipo de pastoral del colegio donde padres, alumnos y profesores compartieron una jornada de convivencia con la satisfacción de haber disfrutado de un fin de semana diferente en marcha hacia Javier.
Antes de terminar, gracias a todos los que estuvieron presentes en la antesala de esta aventura. Ellos nos animaron, alimentaron y esperaron en esta travesía. Fueron nuestro apoyo y aliento.
Gracias y hasta Javier el año que viene.

José Luis Cañavate