Enseñar y evangelizar con amor a los niños y jóvenes de las cla­ses más pobres fue un proyecto audaz e innovador en el siglo XVII. Hoy este proyecto está en nuestras manos como respuesta a nuestra vocación vicenciana, como respuesta de la Iglesia en su misión de servicio al hombre, como respuesta al derecho que tiene todo niño a la educación y toda familia a la libre elección de centro.

En fidelidad, pues, al carisma recibido y después de todo lo expuesto podemos ver los ejes fundamentales y permanentes de un proyecto vicenciano que son un desafío a nuestros colegios de prin­cipio del tercer milenio.

3.1. “Opción por los más débiles en su nivel económico, capa­cidad intelectual, u otro tipo de limitación”.

Acoger a niños y jóvenes de los medios menos favorecidos, a los que viven situaciones de fracaso escolar, los menos dotados, niños sin motivaciones, las minorías étnicas y culturales… todas estas rea­lidades son “llamadas” a una escuela vicenciana.

Sé la dificultad que esto entraña: adaptaciones curriculares, apoyos cualificados, atención personalizada, especialización pedagógica para facilitar la recuperación de los retrasados, proyectos de integración, en una palabra, un arte especial para descubrir y desarrollar las posibilida­des de un alumno que no afloran fácilmente y recuperar sus motivacio­nes. Todo un desafío que exige educadores competentes, actualizados, vocacionados, convencidos de su misión, que amen su tarea y estén dis­puestos a “dar la vida” para que otros la tengan más abundante.

La genialidad del educador, escribió Martín Descalzo, no con­siste en “añadir” al niño las cosas que le faltan, sino en descubrir lo que tiene dentro, ayudarle a llegar al límite de las infinitas posibili­dades que hay en él, quitar la vulgaridad que muchas veces le envuelve aunque sea a martillazos, tal vez dolorosos, como hace el escultor quitando del bloque de piedra todo lo que le sobra para dejar ver su verdadero rostro.

Vuestra misión exige paciencia, firmeza, escucha, bondad sin límites, actualización constante y un largo etc.

André Marie, siendo Ministro de Educación, se dirigió con estas palabras a los futuros maestros franceses: “Si tenéis dulzura y for­taleza, si sabéis sonreír cuando estáis inquietos, tener paciencia, prever, perseverar, …si sois capaces de olvidar el tiempo que pasa, las largas vigilias, la soledad, si aportáis una riqueza inagotable, si dais sin esperar a cambio, si podéis aceptar sin pesadumbre la voz silenciosa del deber, entonces seguid vuestra vocación, venid, sois quienes nos hacen falta (…) para una profesión que no se deja por la tarde al quitarse la ropa de trabajo. Una profesión violenta y dulce, humilde y orgullosa, imperiosa y libre, una profesión donde no se permite la mediocridad, donde lo excelente resulta apenas suficien­te, una profesión que agota pero vivifica, que desespera pero exalta, una profesión en la que el saber no es nada sin amor, donde el amor es estéril sin fuerza de espíritu, una profesión a la vez tranquilizan­te e implacable, ingrata y llena de encanto”.

Un educador vicenciano debe proclamar la justicia con plena confianza en Dios, abrirse a los pobres, lo que, como afirma Martín Velasco, significa “estimar lo mucho que valen los valores de sus culturas injustamente marginadas… y dejarse enriquecer por ellas”.

3.2. Revelar a los niños y a los jóvenes que Dios les ama

Comunicar a Dios como buena noticia. Tal es el fin de una escuela vicenciana en el pensamiento de los fundadores, como lo ha sido en el de todos los fundadores de congregaciones dedicadas a la enseñanza; por la formación escolar anunciar también el Evangelio y formar cristianos.

Pasión por el hombre, pasión por Jesucristo, es el único polo que fiche movilizar nuestras energías. Para san Vicente “Evangelizar es hacer efectivo el Evangelio”. “O evangelizar de palabra y de obra”. Tenía muy claro que lo que él quería hacer no era un simple servicio de promoción social que hubiese sido importantísimo en el siglo XVII, sino un servicio “integral”, “el pobre pueblo se muere de hambre y se condena”.

La escuela, nuestra escuela, ¿es realmente un lugar de evangelización?

a) La realidad escolar plataforma de evangelización en la escue­la católica

La escuela es “lugar de evangelización, de auténtico apostolado y de acción pastoral, no en virtud de actividades complementarias o paralelas o paraescolares, sino por la naturaleza misma de su misión, directamente dirigida a formar la personalidad cristiana”35.

El clima socio-cultural imperante en la sociedad actual hace que a menudo la escuela católica sea el único lugar donde se puede hacer una propuesta clara y explícita de la fe cristiana a quienes no acuden a los templos. Esa ausencia de otras plataformas para trans­mitir la fe y educarla, sería ya un•argumento a favor de la impor­tancia pastoral de la escuela católica.

De ahí que “cuando una escuela católica se cierra —dicen nues­tros Obispos— desaparece una comunidad cristiana y la Iglesia queda debilitada, empobrecida…” (Mons. García Gasco).

b) Caminos a seguir para evangelizar en una escuela católica vicenciana

Los principales caminos para la evangelización los aporta la misma realidad escolar. Yo me voy a fijar en tres:

La escuela, lugar de acogida, de encuentro, de relación.

Dentro del ámbito escolar se establecen una serie de relaciones: entre alumnos, alumnos y profesores, profesores entre sí, padres y profesores, etc. La relación educativa es una estructura fundamental de la vida escolar y el clima educativo creado por la relación entre personas tiene una gran importancia.

Evangelizar la relación ¿no es un quehacer diario en una escue­la vicenciana?

Ver en cada alumno una persona amada por Dios, llamada por Dios, imagen de Dios, —estamos tocando lo nuclear del carisma vicenciano— y traducir todo esto en actitudes concretas de acogida, de escucha y de diálogo.

Ayudarse entre sí por la comprensión, el respeto y el compromiso. Cultivar las actitudes evangélicas: de acogida a los más pobres, luchar contra el fracaso

escolar, aprender a perdonar, descubrir las riquezas que nos aportan las diferencias, etc.

Aprender a amar en el sentido evangélico del término, con una apertura al mundo y a la humanidad.

La escuela lugar de desarrollo cultural.

A la escuela se va a aprender a hacerse capaz de conocer y de comprender mejor el mundo que habitamos para situarse en él. La escuela hace siempre relación a la cultura, al saber…

Evangelizar la cultura: Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi”, Juan Pablo II en la “Cristifideles Laici” y los documentos últimos del Episcopado español, especialmente “Los Católicos en la vida pública” hacen referencia a la necesidad de evangelizar la cultura, de posibilitar un mayor diálogo entre fe y cultura.

El lugar privilegiado de educar en esta síntesis entre fe y cultura es la escuela, lugar de creación, difusión y transmisión cultural.

La escuela católica debe transmitir una visión cristiana explícita de todas las cuestiones culturales que integran las diferentes disciplinas. El Documento del Carácter propio de la escuela vicenciana dice: “Favorecemos la coherencia entre Fe y el conjunto de saberes, valores y actitudes de los creyentes, de modo que desem­boque en la síntesis entre la fe y la vida y en su participación activa vil la comunidad eclesial”.

La escuela católica debe ayudar a los alumnos a crecer en el pleno desarrollo de su personalidad integrando armónicamente FE-CULTURA-VIDA.

La escuela como institución escolar

La institución escolar es el soporte indispensable, no sólo para la relación entre las personas sino para la relación con la sociedad, el barrio, etc. La comunidad educativa debe actuar como “agente constructivo” del entorno.

Evangelizar la institución. El rostro de la escuela “habla” más que los discursos. “La Buena Nueva —decía Pablo VI— debe ser pro­clamada, en primer lugar, mediante el testimonio”. La escuela cató­lica debe evangelizar ofreciendo el testimonio colectivo de un estilo de vida alternativo, de praxis evangélica. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”. Esto exige comunidades educativas que viven su fe, comprometidas con el Evangelio y que viven una experiencia de Dios. A este respecto os voy a ofrecer una anécdota que habla por sí misma:

“Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespea-re. Después se ofreció a que le pidieran algún “bis”. Un tímido sacerdote pidió al actor si conocía el salmo 22. El actor respondió: “Sí, lo conozco, pero estoy dispuesto a recitarlo sólo con una con­dición: que después también lo recite usted”.

El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación con una dicción perfecta: “El Señor es mi Pastor, nada me falta…”.

Los huéspedes, al final aplaudieron vivamente. Llegó el turno al sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del salmo.

Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y el inicio de lágrimas en algún rostro.

El actor se mantuvo en silencio unos instantes, después se levan­tó y dijo: “Señores y Señoras, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche. Yo conocía el salmo, pero este hom­bre conoce al Pastor”.

Solidaridad institucional con las demás escuelas, incluso con las escuelas de países del tercer mundo. El Documento de Carácter propio dice: “Proyectamos la educación más allá del aula y del horario lec­tivo, a través de múltiples actividades formativas que ayudan a los alumnos a abrirse a un mundo de dimensiones cada día más amplias y a tomar parte en iniciativas sociales y pastorales”.

Una comunidad educativa cristiana que sirve desde la gratui­dad, que responde a las necesidades de los alumnos.

Apertura a la Parroquia.

La animación y la formación cristiana

En nuestras escuelas existe una gran diversidad de situaciones per­sonales en materia religiosa, estamos seguros de que un número importante de padres no eligen el colegio por motivaciones cristianas.

Es necesario ofrecer, en primer lugar, la enseñanza religiosa escolar como saber, como una ciencia que entra en diálogo con los demás saberes. El respeto y la libertad es uno de los signos de la evangelización.

Ofrecer simultáneamente a los alumnos que vienen a nuestra escuela promovidos por el deseo de alcanzar una fe cristiana madura, una buena catequesis con todo lo que ello implica además de conoci­miento, clima comunitario, celebraciones litúrgico-sacramentales y llamada a la conversión o traducción de la fe a la vida cotidiana. Hacer ofertas de grupos de reflexión de J.M.V. u otros, actividades de servi­cio, etc. Se trata de un tiempo privilegiado para anunciar el Evangelio Mara permitir a los alumnos profundizar en él y hacerlo vida.

La Comisión de Pastoral tiene un vasto e importante campo de acción y todo educador debe ser colaborador activo y testigo en esta niisicín evangelizadora y en la creación de una civilización nueva, la civilización del amor.

3.3. Constante actualización

“Los Maestros, con la acción y testimonio, están entre los prota­gonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la Escuela Católica. Es indispensable, pues, garantizar y pro­mover ‘su puesta al día’ … una visión cristiana del mundo y de la cultura, una pedagogía adaptada…”.

Quiero terminar lanzando “un reto” sobre la formación perma­nente. Muchas son las razones, evidentes en sí mismas, para optar por una formación permanente del profesorado:

El importante avance de los contenidos, métodos y técnicas en la enseñanza hace urgente la revisión, actualización y profesionali­zación por parte de los educadores. La implantación de la reforma lo exige doblemente para situarnos en el nuevo contexto educativo y hacerlo desde la propia identidad.

La necesidad de conocer la sociedad que envuelve al niño y al joven para poder ayudarles a pensar y orientarse.

La misma juventud es portadora de continuas novedades, lo que requiere de nosotras asimilación de nuevos lenguajes y temas, capacidad de dialogo y cercanía.

Necesitamos esforzarnos por una actualización permanente y completa, puesto que ante las mutaciones e interrogantes del mundo, contentarnos con lo “ya adquirido” es faltar a la justicia en el desempeño de nuestro servicio.

Dado que la educación es una tarea solidaria y que exige unión de esfuerzos, los profesores laicos deben también prepararse con especial esmero en materia de religión. No basta con respetar el Ide­ario y el Proyecto Educativo del Centro. La influencia de los laicos en la transmisión del mensaje cristiano puede ser mayor que la de las mismas Hermanas. A este respecto voy a citarles una anécdota que Carvajal narra en su libro: “Evangelizar en un mundo postcristiano”, referida a Trotsky. En dicha anécdota queda patente lo que acabo de decir. Trotsky cuenta en sus memorias cómo, siendo niño, frecuentó en Odessa una escuela en la que muchos de sus compañe­ros eran alemanes protestantes. Al finalizar el año escolar, solían llevarles a una capilla evangélica. La primera vez que esto ocurrió, el joven Trotsky se sintió impresionado por la solemnidad del acto, pero, como no comprendía el alemán, tuvo que preguntar a su veci­no qué era lo que había dicho el pastor. Su compañero le respondió: “ha dicho lo que tenía que decir”. La respuesta es demoledora. Ha dicho lo que tenía que decir. Dado que nuestro oficio, el de las Her­manas, Sacerdotes, Religiosos, es hablar de Dios, se sabe de ante­mano lo que vamos a decir. Un testimonio sincero de fe cristiana por parte de los profesores laicos resulta, a veces, mucho más impactante.

Voy a terminar con unas palabras tomadas del libro “El laico católico, testigo de la Fe en la Escuela” que resume perfectamente lo que debe ser el educador.

“Ante el alumno en formación cobra un relieve especial la preeminencia que la conducta tiene sobre la palabra. Cuanto más viva el educador el modelo de hombre que presenta como ideal, tanto más será éste creíble y asequible. Porque el alumno puede entonces contemplarlo no sólo como razonable, sino como vivido, cercano y realizado”.

Qué Jesús, el único “Maestro”, os enseñe el delicado arte de la educación.

Sor María Luisa Morante. CEME.